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domingo, 4 de mayo de 2014

ECOS DEL AMANECER

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Por: Deborah Leal Rodrigues








3.         Características básicas de un pensamiento ambiental emergente del Siglo XXI.

En la volátil espiral de dominantes y dominados, se encuentran pueblos que emergen desde su propia tragedia, con toda la fuerza de su humanidad y voluntad, visualizando su situación de dominado, comprendiendo procesos de lucha, el devenir y las proyecciones de futuro. Reconquistan identidades y visualizan las posibilidades de continuidad.




Caen los paradigmas occidentales y emergen nuevos múltiples paradigmas, condensando el pensamiento ancestral y moderno. Son paradigmas de la localidad, sin recetas estáticas y genéricas apegadas a métodos pre-existentes. Las nuevas concepciones afloran y se estructuran en su propia informalidad.




El pensamiento ambiental latinoamericano surge como herramienta para la comprensión de la realidad y trata de incursionar en realidades tangibles o no. Como fenómeno científico y social, también representa la desmercantilización de una ciencia (poscolonial y posindustrial) y la emergencia de una ciencia del pueblo, no mercantil, sino solidaria y orgánicamente constituida para resolver los obstáculos en la localidad.




Nace con procesos de autoconocimiento, forjados entre actores y movimientos sociales, y también en los ambientes de los institutos de investigación y de cooperación internacional, frente al hecho ineludible de desarrollar herramientas de análisis más afines a la realidad local “para provocar y apoyar cambios estructurales y puntuales”.




Investigar y accionar es trabajar con gente real, con procesos y realidades concretas y es provocar cambios concretos en estas realidades. Su rigurosidad se relaciona con precisiones necesarias en conjunciones específicas, recursos humanos y materiales, además de que busca ser sostenible por sí mismo, en el balance entre esfuerzos y profundidades.




El pensamiento ambiental de la localidad, nace cuando los actores descubren que nadie pensará sus problemas particulares, dada su complejidad y singularidad. Las experiencias en autoconocimiento representan la máxima expresión de pensamientos ambientales locales, que, desde una visión compleja, vienen acopiando, rescatando y reconstruyendo métodos ancestrales y contemporáneos. Se apoya la reconstrucción desde diferentes ejes temáticos; se fortalece el pensamiento y la capacidad de comprensión de la realidad, y se favorecen reconstrucciones en diferentes campos como: salud, agricultura, infraestructura y desarrollo sostenible en general.










Los actores han desarrollado herramientas diversas y creativas en el abordaje y comprensión de sus realidades. El desarrollo de las herramientas obedece, primero, a reposicionamientos políticos y teóricos elementales, y segundo, a la transdisciplinariedad de los investigadores. La lectura de las realidades provoca el desarrollo de estrategias de entrada y comprensión y de fusión de variables desvinculadas, en el contexto de la investigación convencional.




De la sensibilidad de cada uno y de sus experiencias e intereses únicos, nacen nuevos enfoques, herramientas y procesos en los diferentes campos de la realidad. Grupos dominados, con necesidades y posibilidades correlacionadas se unen y desafían el poder. La insostenibilidad de los grupos conlleva la cristalización de relaciones, de la lucha política y de conquistas vinculadas a lo material y económico.





El futuro se encuentra con su origen en cada rostro, en cada imagen de dolor y placer; en la tecnología soñada y revivida en la localidad; en la autoeducación y los mercados ecológicos, ineludibles banderas de resistencia y sueño de un futuro digno. En los corazones de niños, adultos y ancianos, que después de buscarse en todos lados se encuentran en sí mismos.


base de datos aruanda


ECOS DEL AMANECER
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Por: Deborah Leal Rodrigues






2.         El Buen Vivir Indígena: un concepto de pensamiento ambiental

El concepto de Buen Vivir indígena se sustenta en las relaciones forjadas en la familia, en el clan, en la comunidad, así como en la eficacia de sus sistemas adaptativos y tecnologías para la sostenibilidad de la cultura. Este concepto considera la organicidad de las relaciones humanas y productivas con el cosmos y su sostenibilidad; al contrario del concepto de desarrollo económico impuesto, que no previene la destrucción de estas relaciones. Según el pensador Kichwa Carlos Viteri:

“En la cosmovisión de las sociedades indígenas, en la comprensión del sentido que tiene y debe tener la vida de las personas no existe el concepto de desarrollo. Es decir, no existe la concepción de un proceso lineal de la vida que establezca un estado anterior o posterior, a saber, de sub-desarrollo y desarrollo; dicotomía por la que deben transitar las personas para la consecución de bienestar, como ocurre en el mundo occidental. Tampoco existen conceptos de riqueza y pobreza determinados por la acumulación y carencia de bienes materiales. Mas existe una visión holística a cerca de lo que debe ser el objetivo o la misión de todo esfuerzo humano, que consiste en buscar y crear las condiciones materiales y espirituales para construir y mantener el “buen vivir”, que se define también como “vida armónica”, que en idiomas como el “runa shimi” (qichwa) se define   como el “alli káusai” o “súmac káusai”… El rigor del “alli káusai” se sustenta en el conocimiento, que es la condición básica para la gestión de las bases locales ecológicas y espirituales de sustento y resolución autónoma de las necesidades. Aquello supone el desarrollo de sistemas productivos coherentemente adaptados a las condiciones del entorno…”.
                                                                                                                      (Viteri, 2003:4)

Desde el pensamiento ambiental, se abre la oportunidad para la emergencia de conceptos de desarrollo que avizoran futuros sostenibles con su factibilidad intergeneracional. Hasta el presente, aunque se ha pensado que los procesos y las relaciones intergeneracionales son importantes, esto no ha sido considerado un aspecto ineludible, como en las culturas ancestrales, cuando simplemente “ser el pasado, presente y futuro, es ser”. El pensador Kichwa Carlos Viteri, también hace una crítica a la imposición del desarrollo occidental, y cita que:

“La introducción del concepto de desarrollo en los pueblos indígenas, aniquila lentamente la filosofía propia del “alli káusai”. Porque a nombre de una supuesta modernidad y bienestar basado en la acumulación de bienes, se encuentra minando los patrones estructurales de la vida social y cultural de las sociedades indígenas, al aniquilar las bases de recursos de subsistencia y las capacidades, es decir los conocimientos para una resolución autónoma de las necesidades… Y también valdría la pena revisar el sistema educativo oficial (incluido la visión bilingüe intercultural), para constatar la exclusión y desvalorización del conocimiento y la filosofía de vida de las sociedades indígenas donde incide en la asimilación y dependencia de lejanos y peligrosos paradigmas… Todo esto con una insinuación implícita de que la superación de la “pobreza” indígena supone el acceso a los “beneficios de la modernidad”, cuyo camino es la “integración al mercado”, como el camino que conduce directo al desarrollo. Para lo cual los indígenas deben dejar de insistir en sus “tradiciones no rentables”, renunciar a sus bases locales de subsistencia y olvidarse de sus capacidades de gestión autónoma, para pasar a ser fuerza de trabajo, permitir el libre acceso a las actividades extractivas del subsuelo y de la biodiversidad y pasar a depender del Estado para que le resuelvan sus necesidades… Y viva el desarrollo indígena…”
                                                                                                                      (Viteri, 2003:5)

Después de veinte años de hacer histogramas del equilibrio por alcanzar con el desarrollo sostenible: equilibrio de rubros, de indicadores económicos, sociales y biofísicos, como si se jugara con las pesitas de las antiguas básculas, el futuro sostenible se materializa en la nueva asíntota y simplemente pide el cambio de las relaciones. Pide al corazón funcionar y a la intuición, “rehén del positivismo”, desarrollarse. Ambas son fuerzas de la naturaleza y representan el poder de sentir y de hacer el bien. “El bien del otro es mi bien”; así, la pobreza es la imposibilidad de reproducir sus vidas, sus culturas. El desarrollo ha sido tratado como un tema ineludible en el combate de la pobreza, pero ¿qué es pobreza en la visión de cada cultura?

“Piensan que somos pobres porque vivimos en chozas de  paja, con piso de arena, y porque no tenemos Macdonalds o el confort de la vida moderna. Pero, para nosotros, ser pobre es dejar de ser Kuna, es permitir que nos quiten este derecho”.

(Harmodio Vivar Icaza, Kuna, com. Pers. Leal, 03 de diciembre de 2003)

Se presentan otras definiciones de pobreza más relacionadas con las identidades culturales que con el “desarrollo necesario”. Desde el discurso que emerge: “ser pobre es dejar de ser quién es”, es perder su base cultural y así perder el futuro. Según el pensador Kichwa Carlos Viteri, no existe una definición compleja y crónica de pobreza en la visión indígena, pues esta es vista como condición transitoria de escasez material, normalmente alimentos, que está relacionada con problemas con la cosecha, según la cultura: ”derivados de lecturas equivocadas del tiempo agrícola”, como cita:

“Mútsui”, es un concepto que los quichuas de pastaza utilizan como una categoría de pobreza circunstancial. No se trata de la pobreza estrictamente material y de carencia de servicios entendidos desde la lógica occidental y, sobre los que los Estados y organismos internacionales elaboran tablas e indicadores de medición… Se entiende como la carencia de productos primordiales de la biodiversidad agrícola sin cuyo sustento resulta inconcebible la seguridad alimentaria. Las causas del “mútsui” pueden ser diversas, siendo la principal las inundaciones corroboradas por las fallas en la utilización de los distintos pisos ecológicos en la siembra itinerante… Está asociado a falencias relacionadas a la posesión y al manejo de la biodiversidad agrícola, al conocimiento sobre los tipos de suelos, los pisos ecológicos, entre otros aspectos. Y además está relacionada con la seguridad alimentar y concretamente con los productos agrícolas fundamentales, aún cuando la caza y la pesca no faltare… De ahí que la creciente adopción del criterio de pobreza material y monetaria resulta relativamente nuevo, como consecuencia de las transformaciones que se viven y fundamentalmente por la reducción paulatina de las bases locales de subsistencia, y la reducción de las capacidades de resolución autónoma de las necesidades, impuestas por el sistema educativo estatal, la ampliación de la frontera colonizadora, las agresivas actividades extractivas de hidrocarburos y de bosques; las migraciones, los procesos de urbanización de las comunidades indígenas amazónicas”.
(Viteri, 2003:6)

No obstante, para algunos organismos de cooperación, como la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN), pobreza puede continuar siendo la imposibilidad de entrar en el mercado y mejorar el poder de consumo, como en la siguiente cita:

“La pobreza puede ser descrita como un estado de privación que impide a las personas satisfacer sus necesidades básicas en términos de alimento, salud, vivienda, bienestar y poder de decisión; ejercer plenamente sus derechos humanos y lograr su desarrollo como personas”.
                                                                                                          (Calderón, 2003:12)

Por otro lado, el abogado y filósofo Kuna, Harmodio Vivar Icaza, contradice el significado occidental de pobreza como la simple limitación en bienes de consumo, infraestructura y servicios. Para los Kunas, la pobreza sería: “no ser lo que son o lo que pretenden ser”. “Ser y poder ser” es la expresión de la felicidad por la cual lucha la resistencia política Kuna. El autor sostiene que la pobreza para su pueblo es peder su identidad, de modo que la no pobreza Kuna es producto de la lucha diaria de su pueblo por continuar su vida clánica.

Según el antropólogo Ricardo Megar Bao, pobreza entre los indígenas de México “es no tener familia”, también no tener familia es “no ser” simplemente. Esta misma definición se encuentra entre los Kunas, abrigados bajo una fuerte estructura clánica. Este “no ser” sería el resultado de las alteraciones irreversibles que la invasión cultural no conscientemente elaborada podría causar en su forma de vida colectiva-relacional y no precisamente el hecho de desaparecer físicamente. El mundo Kuna ha asumido que no puede esperar por ninguna concesión; es un mundo que tiene urgencia de sí mismo.

Este concepto contradice al pensamiento antropocentrista del Siglo XX, que se ha sustentado en dos ejes: 1) el mercado[1] y 2) el crecimiento económico, basado en el uso irrestricto de tecnologías que ignoran las necesidades de las culturas y del ambiente. El diálogo con la Pachamama[2] fue suprimido; los paradigmas fragmentarios del Siglo XX provocaron el distanciamiento de las culturas de sus propios mandatos y cosmovisiones,  válidos por ser producto de vivencias y nutrirse de las identidades establecidas en los cauces de la etnia y de los nuevos colectivos y sociedades locales auto-determinadas.




[1] En diferentes sentidos.
[2] Del Kichwa: Madre Tierra. 

ECOS DEL AMANECER


Por: Deborah Leal Rodrigues



1. Cambio de siglo, nueva era en el pensamiento ambiental

El Siglo XXI trae consigo la marca de un cambio de era, elemento que determina la revisión de los conceptos y la integración de visiones en nuevos paradigmas de pensamiento y ciencia que abordan directamente las realidades y sus procesos permanentes de reconstrucción. Desde nuestra experiencia, en los escenarios de las luchas de los movimientos sociales, se viene construyendo un pensamiento ambiental desde la praxis, que en si mismo, configura una expresión de un Humanismo Latinoamericano,  al considerar, al ser humano no como el centro, sino como parte de un continuum naturaleza-ambiente-seres vivos, en integración y con sus formas propias de adaptación a los diferentes ambientes.

El fenómeno contemporáneo se concretiza por la resignificación de culturas y saberes culturales, y por la necesidad de sobrevivencia y reconstrucción de toda la vida. Las visiones culturales pasan a ser el caldo de cultivo en el cual recursos y procesos del ambiente dejan de ser vistos y tratados, desde el poder e intereses económicos prevalentes, simplemente como integrantes de una cadena económica.

Es de esta forma que el pensamiento ambiental y el humanismo emergentes contradicen el concepto clásico de desarrollo como un fenómeno meramente económico, en el cual las posibilidades de futuro de una sociedad radican únicamente en la conquista de espacios crecientes de libertad, bienestar y participación democrática, fundamentados solamente en el crecimiento económico, entendido como un aumento constante en el producto per cápita.

En la década de 1970, la Alianza para el Progreso ganaría fuerza al reconocer la incapacidad de los países latinoamericanos para autoabastecerse y establecer intercambios con países extranjeros mediante las  exportaciones agrícolas, además de la insuficiencia para concentrar capital a fin de acelerar su autodesarrollo industrial. De ahí, la necesidad de la cooperación técnica y de los préstamos para el desarrollo del sector.

La modernización de la agricultura en los países latinoamericanos contribuyó, en gran parte, para la destrucción del ambiente y de los sistemas tradicionales de cultivo de los pueblos indígenas; además, para el endeudamiento de los países con el Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y Banco Mundial. Estos organismos financiarían gran parte de la investigación destinada a modernizar la agricultura. Las tecnologías agrícolas para los cultivos en América Latina serían desarrolladas al visar el máximo crecimiento económico, lo que se lograría más rápidamente por medio de la importación y adaptación de tecnologías de primer mundo.

Los pequeños agricultores y las minorías étnicas que formaron parte del proceso fueron llevados a la condición de microempresarios rurales. En los más diversos escenarios, las unidades productivas dejaron de atender, sosteniblemente, las necesidades reproductivas familiares, se rompió el diálogo con la naturaleza y esta se transformó en campo de monocultivos, cada vez más dependientes de las tecnologías y productos foráneos.

En este sentido, esta era una agricultura que no tomaría en cuenta los ecosistemas y sus límites; la degradación agroambiental y de los recursos naturales no era vista, propiamente, como un límite para la producción; es decir, sería una agricultura de bienes y servicios desarrollados por las industrias de la maquinaria y agroquímicos del primer mundo.

Este pensamiento y acciones para el desarrollo económico-céntrico provocó una disminución en la demanda de mano de obra por unidad de área, lo que favoreció los grandes éxodos rurales de las décadas de 1960-1980, la concentración de la tierra en latifundios, ya que el ciclo de endeudamiento y pérdida de la tierra por los pequeños campesinos se intensificó. Al mismo tiempo que, los Gobiernos trataron de reubicar a los desplazados en asentamientos campesinos, que, normalmente, no tenían tierras productivas. Además de que, los agricultores no dominarían las tecnologías tradicionales apropiadas para la región, siendo así vulnerables ante los cambios tecnológicos. Estos cerrarían el ciclo de pauperización de agricultores, ambiente y dependencia.

El uso de agroquímicos favoreció al sector industrial en las dos últimas décadas del siglo XX, y luego al sector financiero. Este sector, sin embargo, desarrolló tecnologías agroindustriales al margen de los límites de los sistemas ecológicos y agroecológicos locales y globales, lo cual provocó una reacción global tardía al Informe de Roma Los Limites del Crecimiento (1971), a la Conferencia de Estocolmo (1972), y a la publicación del Informe: Nuestro Futuro Común, de la Comisión Brundtland (1987).

Las diferentes imposiciones e injusticias provocaron el surgimiento de movimientos sociales que cambiaron los conceptos relacionados con la tenencia y producción de la tierra. No obstante, hasta la ECO-92 se publicó la Agenda 21, que reconoce como esencial la promoción de un nuevo modelo de desarrollo económico, cuya característica principal sea el respeto a la naturaleza. En este documento, la dimensión ecológica es abordada como condicionante de la sostenibilidad de la vida en el planeta, motivo por el cual no podría dejar de ser considerada en los procesos de crecimiento económico de los países.

Los nuevos conceptos relacionados al pensamiento ambiental parten de la resignificación de la importancia del entorno en que se vive; en esto se integra la idea de conservar una biosfera en peligro: La biosfera es la capa más nueva de planeta y depende de un delicado proceso de autorregulación y de equilibrio de fuerzas. Sus elementos son interdependientes y dependen de la energía que provee el Sol y otras fuentes cósmicas.

El ser humano en los últimos siglos -y principalmente en el siglo XX- ha subestimado la capacidad de autorregeneración de la biosfera y ha apoyado el desarrollo industrial y agrícola en la explotación de recursos naturales escasos, sobre todo los recursos energéticos; de esta manera, se aisló de la fuente de la energía solar, alterando el ciclo de estos recursos y sus relaciones con los demás elementos de la biosfera.

Uno de los elementos del pensamiento ambiental, que retoma la sostenibilidad, es el de desarrollo humano y ecológico, el cual plantea que los daños ambientales y la pobreza perenne producidos por los procesos de transformación, basados en el conocimiento científico y tecnológico convencional, así como la lógica que guía el pensamiento económico dominante, han generado progresivamente la pérdida de una doble armonía y una alteración básica en el orden jerárquico natural.

En este sentido, el pensamiento ambiental invita a la necesidad de desarrollar ciencias y tecnologías propias, a partir de principios ecológicos. Así como, a procurar construir conocimientos y formar personas que intervengan en la naturaleza para obtener los recursos y servicios necesarios, que faculten satisfacer las necesidades de sobrevivencia, sin deteriorar el potencial productivo de los ecosistemas.

Considerando que América Latina contiene aproximadamente 31% de toda el agua superficial, 46% de los bosques tropicales y 23% de los bosques del mundo y 10% de la tierra arable, es importante rescatar el potencial de uso y manejo sostenible de los recursos renovables ante los recursos no renovables. Fue hasta el desarrollo de la escuela de la economía ecológica -hace apenas algunas décadas-, cuando se incorporó el trabajo de la naturaleza como parte de la cadena económico-productiva. En la economía neoclásica, la naturaleza no existía más allá de ser la fuente de recursos primarios por ser procesados, siendo estos externalidades obviadas en los análisis económicos.

Pero dentro de la emergencia de un pensamiento ambiental latinoamericano, el desarrollo del enfoque de cadena de la economía ecológica, rápidamente pasó a considerar la producción de energía primaria de baja entropía en los ecosistemas; la fotosíntesis y;  la producción de biomasa; que pasaron a ser vistas como parte de un flujo energético, throughput, donde esta energía es transferida a la producción de insumos con valor de mercado y luego en desechos de baja entropía, que deben ser procesados por el ecosistema o reintegrados en la producción de energía y biomasa.

En seguida en concepto de economía de la vida real, pasaría a reconocer los flujos energéticos de los ecosistemas, donde se encuentran insertas las actividades económicas. En un esfuerzo conceptual por incorporar, en un marco analítico, las dimensiones de la realidad objetiva e intersubjetiva, que afectan el bienestar de las personas, que no han sido incluidas en los análisis neoclásicos. Al mismo tiempo, considerando la teoría de la demanda, mediante la cual se intenta integrar las necesidades humanas desde las cosmovisiones de los individuos. En este caso, pensadas desde las necesidades culturales, hacia la autodefinición de personas dominadas por sus propios intereses, beneficios y lucros.

Por otro lado, el pensamiento ambiental alineado a la economía de la vida real trata de resignificar y revalorizar las estrategias de subsistencia de los grupos y culturas; de contrabalancear el peso de la teoría económica convencional; y de apoyar la toma de decisiones, con el fin de hacer justicia social y ecológica. Así, los términos riqueza y pobreza pierden importancia frente a la necesidad constituida del ser humano de lograr cierta equidad, comprendida como la satisfacción de necesidades sociales, psicosociales, psicológicas, biopsicológicas y biológicas.


El pensamiento ambiental emergente en los escenarios latinoamericanos avoca que es necesario reestablecer un orden jerárquico natural, donde la economía debe estar al servicio de las necesidades y aspiraciones se las personas, considerando los limites de la biosfera, donde es determinante: no consumir los recursos naturales a una tasa superior a la capacidad de reposición de la biosfera; no consumir los recursos naturales no-renovables a una tasa superior a la creación de sustitutos y; no contaminar a una velocidad mayor que la capacidad de absorción de la biosfera.